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EL DON DE TU VOCACIÓN


Amable lector, comienzan mis giras por el país y déjeme contarle que en esta ocasión, he sido invitado a impartir una charla a preparatorianos ciegos que están a punto de graduarse. El tema es “El Don de Tu Vocación” (aclaro que no fui Yo el que le puso el nombrecito) y está pensado para que ellos puedan elegir con calma lo que quieren ser en la vida, tomando en cuenta las limitaciones que impone la ceguera. Esto me emociona. ¿Le cuento por qué?


Cuando faltaban seis meses para que terminara la prepa allá en California (enero de 1997), mis asesores iniciaron con lo que todavía se llama “orientación vocacional”; que consiste en guiar a los muchachos que no saben qué quieren ser en la vida. Por alguna razón que no recuerdo, Yo estaba interesado en la psiquiatría y así se los dije; solo que había un “pequeño” detalle con eso y era que, para ser psiquiatra necesitaba la vista porque primero tenía que graduarme como médico. Si ya me ha leído mucho, sabrá que soy ciego de nacimiento y si no, pues ya se va enterando. La idea es que los gringos, amariconados como suelen ser sobre todo si se trata de intelectuales, no se atrevían a decírmelo y optaron por llevarme a la casa de la risa (un psiquiátrico o manicomio para que me entienda) con el fin de que Yo me diera cuenta por mí mismo.


Después de entrevistar a los loqueros del lugar, me dieron un recorrido, incluyendo en el tour el pabellón de locos peligrosos (no, no estaba Andrés Manuel) donde tuve que pasar pegado de espaldas a la pared, teniendo las rejas de los locos frente a mí. Escuché cómo me insultaban y Podía sentir sus manos extendidas queriendo tocarme, aunque por centímetros no lo lograban y, además, iban mis asesores y dos psiquiatras conmigo por si algo se salía de control; sin embargo, no fue eso lo que me hizo pensar en cambiar mi decisión. Debo reconocer que, más bien, fue ese olor a productos de limpieza mezclado con meados y excremento (peor que cuando en un restaurante sirven huevos con nopales) los que comenzaron a hacerme ruido respecto a mi elección. No soporto un mal olor (por eso no me junto con los chairos) y si quería tratar con locos, probablemente tendría que vivir estas situaciones muy seguido. Definitivamente, los amariconados gringos sabían lo que hacían al llevarme a conocer el lugar.


Luego que salimos, y que pude entender por mí mismo lo que mis asesores no se atrevían a decir, llegamos a la escuela y pasamos a su oficina para platicar. Ahí me dijeron: “Como habrás podido entender, la psiquiatría no es lo recomendable para ti. Puedes hacerlo si quieres; pero no lo aconsejamos. Sin embargo, vimos que no te amilanaste ni tantito al entrar al manicomio, así que tenemos una propuesta que queremos que analices: ¿Qué tal psicología?” me quedé pensando; viendo esto, ellos añadieron: “También tratas con problemas de la gente, pero sin estudiar diez años de medicina y sin ponerte en peligro, o al menos, no tanto como lo hace un psiquiatra”. En aquel tiempo todavía no se publicaba la novela “El Psicoanalista”, de John Catzenbach; de haberla leído, quizás los gringos tampoco habrían aconsejado eso. En cuanto a mí, puesto que no me desagradó la idea, respondí que “podría ser” y como ya tenían su plan hecho debido a que sabían que no podría ejercer como psiquiatra, me dieron todo un legajo de artículos (ya transcritos al sistema Braille) sobre lo que hace un psicólogo; también me hicieron hablar con la psicóloga de la escuela para que Ella me contara más sobre esta carrera. Cuando me gradué de la prepa, ya estaba decidido; iba a estudiar psicología y así lo hice, aunque dos años después, ya en el Centro Universitario de la Costa aquí en Vallarta, me decidí por el derecho al ver que el psicólogo está limitado por un código no escrito en el que todo debe ser suavidad, diplomacia y mucho cuidado para que el cliente siga pagando las terapias.


Diez años después, en 2007, me tocó asesorar a un padre de familia que quería, nomás lea usted, que su hijo ciego fuera bombero. Recordé la suavidad con la que mis asesores trataron el asunto en mis tiempos de preparatoriano y decidí ser diferente. Los padres de los niños ciegos muchas veces necesitan, no un chiqueo como muchos psicólogos y consejeros suelen darles, sino un certero y muy directo golpe de realidad para ubicarse; así que le disparé a quema ropa con todas las razones por las cuáles eso no era posible. Lo mandé triste, eso es cierto; pero ubicado y más informado sobre lo que se puede y no. Desde entonces, y más todavía desde que comencé a hablar en público, he sido siempre directo y disparo duro y a la cabeza. Algunos colegas lo ven mal porque hoy hay que ser suaves y modositos; pero igual me da. Tengo resultados y eso es lo que cuenta.


Hoy que me dedico a hablar en público, y que he sido invitado a platicar con preparatorianos ciegos que se hallan en esta misma situación respecto a lo que han de estudiar, me siento contento de poder hablarles como se debe; de decirles, “al chile” como dicen los jóvenes, a qué sí y a qué no podemos aspirar por nuestra limitación sensorial; y parte de las anécdotas que pienso contar, acaba de leerlas.

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