• Héctor Colín

Las Propinas del Príncipe


De un millón de monedas es la limosna que requiere el príncipe a cambio de una bendición del rey.


Hoy está de moda tratar de averiguar de qué viven los zánganos, cómo se mantiene la vida del hijo de un político, retoños que en su chingada vida han servido para producir nada más que asco a sus parejas, vergüenza a sus padres e irá a los ciudadanos que producen para pagar una proporción que alimentará el hambre de sus padres. Hoy, entonces, es buen momento para reflexionar sobre la opulencia en la que se ha rodeado últimamente el príncipe de mi historia.


Alimentado de otras fantasías, la narrativa de mi peliculita se ha tornado cada vez más interesante y creíble en apariencia porque de mis alucinaciones a la realidad solo queda un paso;

al fin puedo justificar la mágica aparición de una riqueza que antes no se le había visto a mi príncipe encantador, que se entendía porque antes, casi como ahora, no sirvió para nada; en este momento, el príncipe ha abusado del escudo monárquico de su padre para extorsionar a su pueblo.

En el reino, los planes de la prole incluyen la tranquilidad de su futuro, por lo que las inversiones corren por las calles para levantar castillos pequeños con el dinero, fruto del esfuerzo conjunto de una muchedumbre trabajadora.


El príncipe ha ejercitado su instinto predador, estimulado por el hambre que le provocó el rey en la choza que habitaron antes de llegar al castillo, de procedencia humilde, la familia real aguantó el hambre, el frío y la insatisfacción los llenó de envidia suficiente para que su ambición los motivara a arrinconar al pueblo, con la espada colocada en el cuello de los pobres para despojarlos de todo lo que el príncipe cree que les sobra.


Cuando se asoman los primeros simientes de un castillo sencillo, el príncipe afila su dentadura falsa y llama a los encargados de la obra para amedrentarlos jugando de local, dentro del castillo. La prole es revisada de arriba a abajo, les retiran los teléfonos y los hacen esperar en una antesala llena de guardias. Llegado el momento, el pueblerino es pasado a un cuarto para encarar al príncipe, supuestamente a nombre de el Rey pero sin la presencia del mismo. Como ladrón de poca monta, el príncipe ordena que se eleve el sonido de la música para que sus palabras se confundan, no se entiendan bien para los terceros, la propuesta solo será escuchada por la presa, el pobre ciudadano que pensó en tener un futuro pero ahora está sentado frente a su verdugo, el príncipe. Sabe que lo que hace no está bien, y que en algún momento, cuando se corra el rumor, el pueblo encenderá sus antorchas, afilará sus machetes y saldrá a enfrentar al peor monstruo, el hijo del Rey. En mi fantasía no tocará la cárcel.


El hijo del Rey tiene una propuesta en la cabeza, sin importar las condiciones, el príncipe pide millones de monedas, la opción, según él, sería que se le entregue una parte en especie, uno de los niveles del castillo en construcción, la condición es solo a cambio de que la felicidad permee en la construcción. El príncipe le ha puesto un precio a la bendición del rey, un millón, de pesos o de dólares, depende del sapo, la pedrada.


En su primera sesión, la extorsión disfuncional propiciará que el Eunuco intervenga en una segunda cita, en la que la presión crece, las condiciones cambian y el pueblerino se encuentr arrinconado, en una encrucijada provocada por el cálculo de su inversión y las ganancias de ceder a los caprichos millonarios de un príncipe que no sirve para nada.


Dentro del reino, se urge la caída del rey, responsable de la actitud corrosiva del Príncipe.

Los negocios dentro del reino, hoy le pagan una cuota al príncipe para que se tranquilice, para que detenga las amenazas y no termine con el futuro del reino. Muchos pueblerinos han pensado ya en detenerse, dejar de producir, porque al final, el porcentaje mayor se lo tendrán que entregar como tributo al príncipe.


Al final, tendré que decidir si mi historia termina pronto o la novela continúa con mayores giros que vuelvan esta fantasía, más interesante y digna para compartir, sirviendo entonces también como una lección de lo que no debemos permitir en nuestra realidad, y es que hoy, pudiera pensar que los pobladores de mi reino prefieren una historia con dragones y monstruos mitológicos salvajes que tener que lidiar con la ambición de un príncipe que los amenaza, los amedrenta y los extorsiona.