• Raúl Gibrán

Recordemos a José Lezama Lima

El tiempo tiene sus caprichos, igual o más que la distancia.


José Lezama Lima es un personaje que considero debería ser mayormente conocido en el mundo, debería su talento permitir saltar entre las manecillas del reloj y burlar el olvido, pero, es un hombre de tinta que se le reconoce más dentro de la isla que fuera, él sí es profeta en su tierra, será quizá que esa regla se rompe en Cuba, ya vemos el caso del gran Martí.



Lezama Lima es según a quién le preguntes un poeta, otros dirán novelista o ensayista, en un rol menos conocido de él está el ser cuentista, tiene un libro de cuentos. En mi caso lo que he leído es claro está, sus versos. Y me gusta, lo disfruto, encuentro un interesante poeta tanto de forma como de fondo, no entraré en detalles técnicos para no aburrirlos.


Cuba y yo tenemos nuestra historia, creo soy hijo adoptivo ya de la isla, suelo vivir dos o tres meses al año, ya recorrí media isla, pero siempre paso la mayor parte del tiempo en la Habana, parece que cada visita me tiene una nueva sorpresa, algo nuevo por descubrir.


Cierta ocasión caminaba por la Habana vieja, zona que comúnmente no frecuente, yo evito lo turístico, pero ese día caminaba por allí y me encontró la casa de Lezama Lima, así es, ella decidió encontrarme a mí, golpear de frente mi mirada y claro, intenté ingresar, es un tipo museo, me dijeron que estaba cerrada pues había un evento en los alrededores, música en vivo, calle cerrada y un enorme escenario, nunca conocí el motivo, pero me quedé a disfrutar de aquel interesante evento pensado para los cubanos y no tanto para los turistas.


Al día siguiente regresé, yo que comúnmente no visito la zona, ahora Lezama me obligaba a volver, sorpresa la mía, nuevamente cerrado, ahora la culpa se recostaba sobre el reloj. Sepan que en Cuba muchos de esos lugares suelen cerrar a las 6, yo lo aprendí por las malas. Bueno, al día siguiente partía a Santa Clara, me quedé con ganas de conocer la casa del poeta. Pero la historia se la conté a un gran amigo cubano, poeta y gestor cultural, Karel Leyva, hijo del poeta Waldo Leyva que es agregado cultural y que gusto mucho de su obra. Bueno, al regresar a la Habana, unos pocos días después Karel me recibió con un libro que es una interesante entrevista realizada por un jovenzuelo desconocido al escritor Lezama Lima, la entrevista se hizo en 4 partes, duró 10 años, fueron cuatro encuentros y todos se rescatan en esa obra. No pude regresar a esa casa, inició un encuentro de poetas internacional en el que participé, duró 5 días, versos de día y de noche, al final del encuentro tomé el primer vuelo a México. Espero que en mi próxima visita a la bella isla tenga las puertas abiertas esa casa para mí.


Unos versos de nuestro autor:



O HAY QUE PASAR


I


No hay que pasar puentes de conchas de desprecios

de recomenzar la búsqueda de las vihuelas crecidas

o por más señas un brazo redoblante a castillo cerrado

a traspiés de araña que presagiaban los lotos

voy atravesando festones descolgados escamas destrenzadas

mandando en las planicies bajo arco de boca moribunda

y boquiabiertos presagios que mueven la corteza a desmayo

el agua a fresa nivelada y el latido a salto alto

por ahora silenciosos quilates del timbre y embates despertados

entre crisis de plateados placeres que chilla la pecera

y las escamas y la más aislada hebra que asciende

hasta confinar con la concha que ve sonar lo rubio

a impulsos de los ojos tirados contra la pared cariciosa

a rendijas de otoño por ahora no te creo crecida

ni olvidada intrusa rubí decaído en hilo por escamas furiosas.



II


Mi mano de mármol gris mis olvidos o mi sola alma

la navegación a medianoche hasta abrirse las tijeras

y destruirse la rosa para dar cinco campanadas

destruirse la rosa al pulsar el pájaro sin destruirse

ni hundirse si resbalan violines o perros al septentrión

o lo que ya cae en agua desluce su amargura

y la medialuna se entierra y el balcón escampa por primera vez

dime olvídame o deja de inclinar la torre y su sonrisa

y su plumón irisado acompasa el destilar del túmulo

por última vez el vidrio espolvorea las herraduras no las rosas

no las sortijas voladoras cuando el mármol descorre

cuando el mármol detiene una mirada fatal

o el inmoderado moribundo en azul, rubio oscuro

destruye el mármol o la mujer viajera colorea

sus estanques que se reafirme porque la torre muere y chorrea

o que franjas de mármol de cuchillo y mi alma mojada.

¿No sabes que las puertas abiertas voltean los perros lanudos mirando al septentrión?


AH, QUE TÚ ESCAPES


Ah, que tú escapes en el instante

en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.

Ah, mi amiga, que tú no quieras creer

las preguntas de esa estrella recién cortada,

que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga.


Ah, si pudiera ser cierto que a la hora del baño,

cuando en una misma agua discursiva

se bañan el inmóvil paisaje y los animales más finos:

antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos evaporados

parecen entre sueños, sin ansias levantar

los más extensos cabellos y el agua más recordada.

Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses

hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar,

pues el viento, el viento gracioso,

se extiende como un gato para dejarse definir.