• Rodrigo Aguilera

Mi Cena en un Restaurante"Estrella Michelin" 2021

Lo último que pasó por mi mente al terminar el Camino de Santiago era cenar en un restaurante ganador de Estrella Michelin.


Primero porque si bien me gusta comer y beber bien prefiero hacerlo en lugares a los que va la población local y alejarme en la medida de lo posible de las trampas de turistas que existen en todos lados.


Y así, como suceden las mejores cosas, sin querer, di con el restaurante ganador de la Estrella Michelin 2021 "La Horta de Obradoiro" (La Huerta del Taller). Iba de camino al hotel tras concluir el trámite de la Compostela, documento que certifica que cumplí la peregrinación, con los pies adoloridos por las ampollas y los músculos ya pasando factura por el esfuerzo de caminar 120 kilómetros en 65 horas cuando reparé en el símbolo Michelin en la pequeña fachada.


Había pasado frente al lugar varias veces pero no me había fijado en el local que, enclavado en el centro histórico de Compostela, no se distinguía para nada por encima de las fincas vecinas. Nada de publicidad excéntrica. Nada de "valet parking". Nada de hostess. Las reservas se pueden hacer por correo. Un menú sencillo, impresa en una hoja de papel con los horarios de servicio y los precios para comer o cenar en esa Huerta del Taller.

En pláticas previas al viaje había escuchado de quienes sí se han dedicado al tema de la gastronomía sobre la importancia de que un restaurante tuviera conexión con la cultura local, ofreciera productos locales y brindara una experiencia agradable al comensal.


El director de Siempre Libres, Héctor Colín, inquieto viajero gourmet siempre hace énfasis en esas condiciones --y las del buen vino local-- por lo que, decidido a probar suerte toqué la puerta y en la barra del restaurante estaba uno de los chefs fundadores (después supe que es una celebridad en ese ambiente) tomando reservaciones, recibiendo proveedores --que solo pueden pasar a esa zona en un horario restringido y desempacando lo que había ido a comprar al mercado.

Anoté una reserva de uno y vi que el restaurante era mucho más de lo que se veía, una larga finca con vista a la Basílica y una huerta-invernadero de la que extraen hierbas, legumbres y otros ingredientes de las recetas.

Desde antes de llegar a cenar hice la orden mentalmente al ver el menú.


Me decidí por una orden de oreja de puerco agridulce (diez euros) de entrada, arroz negro con pulpos y pez (18 euros) y pastel de queso (seis euros) de postre. Para la cena pedí cerveza de la región (Estrella Galicia cuatro euros) y para el postre café (cuatro euros) y una copa de Moscatel de Setúbal (cuatro euros con 50 centavos). Como 45 euros calculé. Los valía. Eso puede gastarse uno en muchos de los restaurantes cercanos a la Basílica de Santiago.

Por cierto, ese vino dulce fue un descubrimiento. Galicia y Portugal comparten mucho culturalmente, incluyendo las raíces de sus idiomas y las variedades de vino como el oporto. Me quedé con las ganas del Orujo (aguardiente). Pero bueno, un motivo más para regresar.


Preocupado por las garras de peregrino que traía cuando hice la reserva le pregunté al chef si había código de vestimenta y para mi sorpresa me dijo que no que el sitio estaba abierto a recibir a quienes llegaban como yo y que mientras uno no llegara particularmente sucio o hediondo la puerta estaba abierta siempre y cuando hubiera reservado.


Contento me fui a bañar y cambiar porque aunque traía un traje para una boda a la que fui como invitado en Alicante a la siguiente semana no habría necesidad de ponerse zapatos de vestir que en ese momento me hubieran parecido una tortura china.

Motivado por la cena que tendría pasé la tarde haciendo hambre, recorriendo las galerías del Museo de la Ciudad, visitando la estatua del primer peregrino Alfonso XII quien era Templario y disfrutando una vez y otra de la vista del atrio con los estallidos de alegría y llanto de quienes terminan el Camino exitosamente. (Continuará)