• Rodrigo Aguilera

De Talpa a Santiago de Compostela "Cuarta Parte"

Conté en las primeras entregas de esta historia la parte poética y glamorosa de emprender cualquier viaje.



Definir fechas, presupuestar, escoger rutas y ropas. Documentarse, analizar climas y distancias.

Incluso tomar vuelos y trenes, hacer trámites aduanales y ahora sanitarios no tiene nada de extraordinario.


En el fondo es como tomar el Versalles, uno sabe a qué hora tiene que llegar, por donde va pasar y cuánto va a costar.



Pero al momento de poner un pie en El Camino todo cambia.


Fui consciente de esa sensación de intemperie la primera vez que acampé como jefe de patrulla en los Scouts.


La volví a sentir muchos años después cuando en la tradicional peregrinación de Siempre Libres a Talpa terminamos de subir desde el Libramiento hasta donde se acaba el alumbrado público y hubo que encender las linternas (o la lámpara del celular).


Aunque inicié muy tarde esa jornada (venía desde Madrid, bueno, realmente desde la Ciudad de México) no sentía cansancio.



Las siete horas de diferencia (perdidas) no pesaban tanto y el día era perfecto. Algunos 20 grados de temperatura. Mucha luz y una ruta perfectamente trazada.


Fe hecho aunque no se encontraran las señales de la flecha en amarillo por todos lados, lo hollado de la ruta la haría inconfundible aún con poca luz.


Las estadísticas de los Compostelenses dicen que al menos dos millones de personas caminan a Santiago todos los años. Aún en pandemia las cifras son impresionantes.


Así que debo decir que no hay ningún problema de seguridad en la ruta.



Hay suficientes albergues, hoteles y hostales.


En cada pueblo un bar o cafetería o dos.


Así que el plan inicial era darle 40 kilómetros.


Cinco kilómetros por hora, ocho horas, 40 kilómetros en esa jornada (estaba a 120 kilómetros de Santiago y mi idea - después diré por qué - era llegar en domingo).


Así que, me hice a la idea de que a las diez, once de la noche estaría en un albergue feliz de haber logrado la meta del día.


La realidad diría otra cosa.


Pero mientras tanto la belleza del camino, sus detalles y paisajes permitían la auto observación y la reflexión.


Algo tiene el dar paso tras paso, que es algo similar al controlar la respiración (puede hacerse o no) que te lleva a un estado mental alterno.


Y en esa primera etapa de la caminata, sólo (no encontré personas por horas - lo que agradecí) pronto me descubrí disfrutando de imágenes, detalles y postales. Algunas de las cuales aquí comparto.

P. D. Me disculpo por haber omitido el envío de ayer. La conectividad me jugó una mala pasada.


(Continuará)