• Rodrigo Aguilera

En el "Fin del Mundo"

Crónica de Viaje -especial para SIEMPRE LIBRES-


Terminé la peregrinación con la alegría y satisfacción de haber podido llegar, primero con vida a la fecha en estos tiempos tan difíciles --y más por el COVID=19-- y luego a la meta, la Catedral de Santiago de Compostela.


Y al llegar al destino junto con la alegría y la satisfacción del lo logrado, no deja de ser un desafío físico cubrir 40 kilómetros diarios a pie, llega una nostalgia del camino, un ¿y ahora qué? que lleva a la idea de que la ruta es el verdadero objetivo, más allá de la meta.

Alguna vez compartí la metáfora de los viajes con la vida, hay que disfrutar el recorrido más allá del destino final que a todas y todos nos iguala.


Pero la solución ya estaba en la agenda, por recomendación de otro caminante, el genial monero José Guadalupe Curiel (Pillo Kuri) tenía ya en mente ir al fin del mundo.

Y es que, ahí mismo en Galicia, en el mundo antiguo, en el medioevo y siglos antes del descubrimiento de América se consideraba un pequeño cabo, Finisterre como el último punto conocido de los mapas de aquellos tiempos.

Ahí la historia de Santiago continuaba ya que se considera el sitio de otros hechos legendarios ya que el apóstol, quien fue decapitado en Tierra Santa llevó las enseñanzas de Jesucristo hasta aquellas latitudes.

La realidad es que ya me encontraba bastante lastimado de los pies por haber previsto las etapas de pavimentos y empedrados que abundaron en los últimos 50 kilómetros así que, me tomé la licencia de realizar esa última parte del recorrido en un tour que salió a la mañana siguiente de mi llegada a Compostela.


Resultó muy interesante y educativo ya que conocí Muxía, Carnota, el propio Finisterre así como Ponte Maceira y la famosa cascada del Ezaro. Lugares todos en los que las tradiciones cristianas y celtas de la región, así como la cultura gallega hacen muy interesantes.

Recuerdo que el camino a Fisterre, en gallego, o Finisterre en latín es corto en autobús, unos 80 kilómetros, que significaban tres días más o menos a pie. Así que pagué mis 22 euros, valieron cada centavo, y temprano, con mis ampollas ya medicadas pero abiertas, hacia aquel punto en el que se encuentra el kilómetro 0.

El primer punto en el recorrido era el pueblecito o aldea de Negreira o Pontemaceira, en el que se encuentra un puente que, dice la tradición, la carreta que transportaba los restos decapitados de Santiago el Mayor, conducida por sus discípulos cruzó el puente del caudaloso río mismo que se precipitó inmediatamente después eliminando a quienes los perseguían para no dejar que el futuro santo fuera enterrado en la región que quiso evangelizar.


El relato de cómo llegó Santiago desde el punto de su ejecución en Palestina, en Tierra Santa, luego de que le negaron en el entierro en su tierra natal y de ahí hasta su sepulcro en Galicia (en el fin del mundo antiguo) y ahora dentro de la Catedral de Santiago está plagado de mitos y actos milagrosos.

Uno de esos supuestos milagros fue el acaecido en Pontemaceira. Cuenta la leyenda de la tradición que un puente se derribó aplastando entre sus losas a los soldados del régulo de Dugium, Duio, Fisterra, que perseguían a los discípulos del apóstol, los cuales primero, habían sido liberados de su prisión por un ángel.



Así pues y tras el milagroso derribo del puente, Pontemaceira entró en la historia del camino como uno de los milagros que permitió a los fieles del santo completar la misión de trasladar los restos de Santiago el Mayor hasta su sepulcro en Compostela.

Pontemaceira fue -y aún es- uno de los puntos clave de la ruta jacobea para los peregrinos que, una vez llegan a Santiago de Compostela, deciden continuar su camino hacia las costas de Finisterre, para lo cual, tienen que salvar el importante escollo natural que supone el no muy largo pero si considerablemente caudaloso río Tambre. (Continuará)