• Rodrigo Aguilera

La Comida del Peregrino

De Latas a Restaurantes con Estrellas Michelin


Crónica del Camino de Santiago


Por Rodrigo Aguilera


(Especial para SIEMPRE LIBRES)



Tienen mucha razón quienes preguntan ¿qué se come en el camino cuando uno peregrina 40 kilómetros diarios?


La primea respuesta sería que depende mucho de las costumbres de cada persona.



Yo, por ejemplo, únicamente tomo café por las mañanas y ahí viene la primera situación que enfrentar en España.


Las porciones son mucho más pequeñas y un café con leche grande apenas sería el equivalente a una taza pequeña.


El precio también impacta de uno y medio a tres euros por café.


Tomar café sale caro.


Refrescos ni hablar dos euros por una soda me parecen un atraco.



Así que esos serían los primer parámetros.


Agua es lo que más se consume en el camino y si bien hay que llevar una botella en la ruta hay fuentes y manantiales así como sitios donde comprar.


Pero contra el caro precio del café hay otras compensaciones, el vino es barato ¿que tanto? Tanto como 80 o menos centavos de euro por botella.


La cerveza también es barata, sobre todo la producida en la región.


En mi caminar por Galicia hacia Compostela pude comer desde latas hasta degustar una cena en un restaurante que recién recibió el reconocimiento de otra estrella Michelin.



Al iniciar mi peregrinar en Sarria, a 117 kilómetros de Santiago de Compostela, decidí comprar algo por si no encontraba que cenar ese día.


En una tienda del tamaño de un Oxxo grande compré por un euro una porción aceptable de tortilla española con un buen pedazo de pan y una botella de vino por 90 centavos de euro.


Mi primera cena por el equivalente a 60 pesos, nada mal para andar en aquellas latitudes.


En el primer albergue al que llegué ya cayendo la noche, el municipal de un poblado me cobraron 8 euros por una cama, me dieron mis sábanas desechables y me informaron que había un restaurante a unos 500 metros.


Guardé mi vino y mi tortilla española para mejor momento y fui a explorar.


El sitio era de lo más pintoresco, pobladores de aquella aldea acostumbrados a los turistas veían el fútbol mientras tomaban cerveza.


En la carta había lentejas, de las que pedí un plato y para bajarlo una copa de vino.


Después de caminar casi 40 kilómetros y "perder" siete horas por el cambio de horario debo decir que esas lentejas me supieron a gloria.


Y no sólo fue el hambre fue la manteca con las que estaba hechas y los callos de jamón serrano que les daban nivel.


El vino era un caldo peleón pero estaba barato y con eso en la panza me fui a dormir como un bendito.


Antes, para tener referencia analicé los precios de los productos de las tiendas de conveniencia y encontré que cosas, como las aceitunas o los ostiones y pulpos en su tinta son mucho más económicos que los de nuestro país.


Así que las primeras jornadas fueron de cafés de dos euros y botellas de vino de 80 centavos.


El pulpo a la gallega y la oreja de cerdo fueron otras delicias que me preparon para disfrutar en Compostela de la tradicional tarta de Santiago y una cena de comida mediterránea en "A Horta de Obradoiro".


(Continuará)