• Rodrigo Aguilera

Termina el camino, sigue hacia el fin del mundo

De Talpa de Allende, Jalisco, a Santiago de Compostela, España, crónica de una peregrinación.



La ruta en la ciudad para llegar a la Catedral de Santiago de Compostela está, como todo el camino muy bien planeada.


Uno llega a la muy moderna ciudad por una ruta que no revela el templo aunque las torres de éste dominan el paisaje desde prácticamente todos los puntos.


Tras los más de cien kilómetros de andar los peregrinos llegamos por callejuelas que se van llenando cada vez más de edificios centenarios lo que indica que la meta está cerca.


El ansia de llegar llena de impaciencia y el equipaje y las ampollas hacen pesado cada paso al no saber exactamente cómo será esa primera vista del objetivo de la caminata.



La Catedral está ubicada en una parte elevada qué como decía, domina la ciudad.

El centro histórico de Compostela es una serie de calles concéntricas que seguramente fueron parte de la arquitectura defensiva militar.



Cuando se acerca el final del camino empiezan las incontables tiendas de recuerdos y los restaurantes llenos de turistas de todo el mundo.


El día que llegué, a finales de octubre de 2021, el sol estaba ya alto en el cielo y pude apreciar en toda su belleza la construcción.


El primer ángulo que se ve de la Catedral es una de sus laterales la cual sirve como salida y al acercarse para rodear se debe pasar por un pasillo de muy altas arcadas en la que un grupo de músicos toca las tradicionales gaitas.


Las y los peregrinos rodean hacia la izquierda y de pronto está ahí la hermosa construcción levantada en honor del apóstol que, dice la tradición, llegó a estas tierras para seguir las instrucciones de Jesucristo.


Tras contemplar el templo y tocar la reja puede verse en el atrio central (hay por lo menos cuatro) a todos quienes llegan tomándose fotografías, quitándose los zapatos y expresando sus emociones encontradas.


Desde el inicio del camino en Sarria compré una concha (vieira en gallego) para tomar agua en las muchas fuentes potables del recorrido. La amarré a mi bastón esperando el último capítulo de la historia.


Antes de entrar al templo tomé agua con la vieira en la fuente de la Catedral y ya más refrescado decidí entrar.


Tuve suerte ya que a esa hora no había mucha gente y tras pasar el filtro sanitario quedé impresionado por la altura de las naves y por el famoso botafumeiro que cuelga sobre el altar central.



El gigantesco incensario es otro de los atractivos de la Catedral ya que en las misas especiales recorre el templo jalado desde las alturas por gruesas cuerdas.


No tuve la oportunidad de verlo funcionando ya que, a pesar de ser domingo, no estaba previsto su uso.


Primero me decepcioné y luego me dije, un motivo más para regresar.


Tras una media hora observando la arquitectura del templo decidí preguntar sobre la entrega del documento que certifica que se logró el recorrido y ahí supe que esta no se daba en la Catedral.


Como todo el camino, bien organizados los encargados tienen una oficina especial para atender al peregrino que está a unos 500 metros del templo.


Decidí dejar el tema para el día siguiente y me dirigí al hostal que ya había, reservado, maravillas de la tecnología, vía electrónica.


Iba hacia el hotel un poco nostálgico, el viaje, en este caso, es igual o más importante que el destino.


Aunque algo me motivaba, la ruta después de Compostela, como en los siglos anteriores lleva al Fin del Mundo... Y hacia allá iría la mañana siguiente (continuará)